Eugenia de Montijo, de Granada a París vía matrimonio.

“     – ¿Por dónde se va a su dormitorio?

-        Por la Iglesia      ”

 

Así frenó una joven granadina las ansias carnales de un emperador de Francia: Luis Napoleón Bonaparte, que convirtió a María Eugenia de Montijo (1826-1920), una aristócrata de pelo moreno y sonrisa perpetua, en la emperatriz del país galo y, de paso, en una de las mujeres que han escrito la historia de Granada y de Europa.

Porque hay  muchas formas de visitar Granada. Y descubrirla a través de los ojos de personajes históricos es una de ellas. Un paseo por el bulevar de la Avenida de la Constitución invita a conocer, fotografiar e incluso sentarse junto a muchos de esos hombres y mujeres que han marcado en rojo el calendario de la ciudad. Momentos de la historia de Granada que la convierten, más allá de la Alhambra, en un destino cultural apasionante.

Y apasionante fue la vida de María Eugenia de Montijo, de quien también cuenta la leyenda que una gitana del Sacromente le dijo: “Algún día será más que una reina”. No le faltó razón. Su  matrimonio con Luis Napoléon Bonaparte tras dos años de intensas relaciones, la convirtió en emperatriz de Francia, además de en la ‘emperatriz de la moda’: sobrenombre que le adjudicaron por su afición a las joyas, vestidos, zapatos y demás complementos exuberantes en los que se gastaba importantes sumas de dinero.

La aristócrata, cuya moral ultra conservadora y católica le hizo tener importantes contactos en Roma, no tuvo reparo en enamorar a Luis Napoleón, cuyas infidelidades con mujeres exuberantes y notorias fueron sonadas tras su primer matrimonio. Pero el emperador tuvo un flechazo y ella supo reconducir esa atracción en un matrimonio, pese a que no llevaba sangre real que le emparentase directamente con las dinastías europeas y pese a que él tuvo que rendir cuentas ante el Senado francés para seguir adelante con esta relación.

Sin embargo, ser Condesa de Teba y Baronesa de Quinto le fueron títulos más que suficientes para coronarse como emperatriz de Francia y seguir el ejemplo de su hermana mayor: la verdadera Condesa de Montijo, que tampoco matrimonió nada mal al convertirse en la esposa del Duque de Alba.

Pero la vida de María Eugenia no sólo destacó por su afición a los lujos, ya inculcados en el seno de una buena familia. También participó activamente en la política de su tiempo, convirtiéndose hasta en tres ocasiones en Regente de Francia.

De carácter fuerte o engreído, según las versiones más críticas, ejerció una gran influencia sobre Napoleón III, con quien tuvo un hijo, el llamado ‘príncipe imperial’, que falleció en un conflicto contra los zulúes tras desobedecer órdenes militares de sus superiores, según narra la historia.

Esa tendencia hacia la insubordinación bien podría haberla heredado de su madre, que destacó por sus decisiones enérgicas, como la de celebrar la inauguración del nuevo Canal de Suez en 1869 con una representación de Aída de Verdi a orillas de Nilo; pero también pasó a la historia por sus meteduras de pata, como apoyar la desafortunada expedición que intentó situar a Maximiliano de Austria en el trono de México y que condujo a su marido a la guerra contra Prusia en 1869. Un conflicto que le costó la pérdida de Alsacia y Lorena a Francia y el encarcelamiento del emperador.

María Eugenia de Montijo tuvo que huir precipitadamente a Inglaterra, donde fijo su residencia y vivió viuda y sola hasta que en uno de sus frecuentes viajes a España falleció en Madrid a la longeva edad de 94 años.