Diego Hurtado de Mendoza, el político que ejerció de poeta

Buen soldado, mejor político, poeta de vocación, brillante historiador. Es Diego Hurtado de Mendoza (Granada, 1503), el diplomático que pudo haber escrito el ‘Lazarillo de Tormes’. O no. Que pudo haber evitado el declive del Reino de Granada. O no. Pero que consiguió que las armas y las letras bailaran juntas al ritmo de redondillas, arrancando elogios al mismo Lope de Vega, logrando a estrofas idéntica hermosura a la del hogar que primero le vio jugar a ser niño: la Alhambra.

Allí vivió junto a su padre, el Gran Tendilla, Capitán General del Reino de Granada, y quien le inculcó la tradición de los Mendoza: que la batalla no estuviese reñida con el arte. De ahí que Diego recibiera una educación esmerada, a cargo de los mejores preceptores europeos, con quienes aprendió a hablar una docena de lenguas y a vivir entre dos mundos: el entorno morisco y el espíritu cultivado y renacentista del siglo XVI.

Diego Hurtado de Mendoza. Imagen: wikipedia

Diego Hurtado de Mendoza es otro de los grandes personajes de la historia de Granada que invita a conocer la ciudad de la Alhambra a través de sus ojos. Porque este aristócrata militar y humanista,  embajador de España en Venecia y Roma, miembro de la primera hornada de poetas italianistas españoles, fue, además, testigo excepcional de un conflicto que supuso la destrucción de una etapa brillante de Granada: la rebelión de los moriscos, que primero intento sofocar al frente del ejército, y que luego narró en su particular visión de la Guerra de las Alpujarras. Allí, en esos pueblos que tan bien recrea el Albaicín, nació una sublevación que puso en jaque al rey Felipe II y que marcó los últimos años de vida de Diego.

Pero antes de que una pierna gangrenada le matara los versos en 1575, el que quizás pudo ser el autor de la primera novela moderna española, ‘El Lazarillo de Tormes’ (y cuya autoría le atribuyen leyendas, anécdotas y legajos), dejó una herencia vital y literaria repleta de pasiones. De talante rotundo y penetrante, negoció bodas reales para Enrique VIII de Inglaterra, representó a Carlos I en el Concilio de Trento, tardó 30 años en demostrar su inocencia en irregularidades financieras como gobernador de Siena, fue desterrado a Medina del Campo tras llegar a las manos con un caballero en Bruselas y mantuvo conversaciones piadosas con su amiga Santa Teresa de Jesús.

Pero a pesar de sus idas y venidas por media Europa, y como cantaría Miguel Ríos tres siglos después… Diego siempre volvía a Granada, a su ciudad, a la Alhambra que probablemente le inspiró para escribir poemas, para cultivar la sátira maliciosa y picante, con la que introduciría, junto a Garcilaso de la Vega y Juan Boscán, nuevos temas, metros y estrofas de la lírica italiana. En la Corte de Granada vivió hasta un año antes de su muerte. Y aquí amó, leyó y se nutrió de una riquísima biblioteca que legó a Felipe II y que fue a parar el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.