La historia de Aixa, reina de Granada

Desde nuestro restaurante Mirador de Aixa queremos explicarte la historia de la reina de Granada que da nombre a nuestro establecimiento. Una mujer fuerte y temperamental que, como sabes, tuvo un importante papel en la historia de la ciudad.

La historia de Aixa

Conocida como Aixa, Aisha bint Muhammad ibn Al-Ahmar se casó con Muley Hacen, rey de Granada. Con él tuvo tres hijos y entre ellos estaba Boabdil, cuyo nombre es muy probable que te suene, aunque luego lo cambiase por el de Mohammed XI.

Sin embargo, su matrimonio no fue ningún camino de rosas, y es que su marido se enamoró de la esclava cristiana Isabel de Solís, que cambió su nombre por Soraya. La rivalidad entre las dos mujeres estaba servida, pero todo terminó en que Muley Hacen sustituyó públicamente a Aixa por su amada Soraya. El resultado fue que la nueva pareja tuvo hijos, y el distanciamiento de los hijos de Aixa con su padre se hizo inevitable. De hecho, la antigua familia quedó confinada en la Torre de Comares.

Mirador de Aixa

Aixa sobrevivió al que había sido su marido y has de saber que fue la que ayudó a su hijo Boabdil a acceder al trono de Granada, por lo que tuvo un gran papel en la resistencia ante los Reyes Católicos. Su frase más famosa fue:Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre. Se la dijo a su hijo Boabdil cuando este lloraba contemplando la ciudad después de la toma de Granada.

Esta mujer clave en la historia de nuestra ciudad es la que da nombre a nuestro restaurante, ubicado en un carmen del Albaicín. ¿Lo mejor? Las vistas que tenemos a la Alhambra, que te permitirán no solo maravillarte con la belleza que tiene el monumento más bonito de Granada, sino contemplar una construcción que marcó su porvenir.

Lorca y la magia de Granada

El gran poeta, ensayista y escritor granadino Federico García Lorca es uno de los máximos exponentes de la llamada Generación del 27 de la literatura española del siglo XX. Su vida siempre estuvo ligada a su querida Granada, tierra que le vio nacer, crecer y morir. Desde muy temprana edad, demostró su valía en el arte de escribir. Y fueron las tierras que rodean a la majestuosa Alhambra quienes le sirvieron como inspiración.

La etapa de escritor de Lorca y el fin de sus días

Influenciado por los trabajos de Lope de Vega, Valle-Inclán, Azorín o el propio cancionero popular, Lorca escribió sus primeros trabajos, como Impresiones y paisajes, La niña que riega la albahaca o Primer romancero gitano, retratando a las gentes y paisajes que mejor conocía de las tierras granadinas. La Alhambra será su espacio de silencio e intimidad; y esta relación emocional aparecerá una y otra vez en sus poemas.

Lorca en Granada

En 1929 parte hacia Nueva York; viaje que le valió escribir una de sus obras más conocidas, Poeta en Nueva York. Ya de vuelta a España un año después, comprueba con orgullo que algunas de sus obras teatrales estaban siendo representadas en Madrid.

Alentado por estos primeros éxitos, y después de la aparición de la Segunda República, empezó a dirigir la compañía nacional de teatro La Barraca. Y es en este período cuando escribirá sus grandes obras teatrales como Bodas de sangre, Yerma y Doña Rosita la soltera. También entonces, escribió otras obras de fama internacional como Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y La Casa de Bernarda Alba, basada en recuerdos de su Granada natal.

La guerra civil española supuso para Lorca el principio del fin debido a que fue arrestado y ejecutado por sus ideales políticos. Sus ideas liberales, sus personajes románticos y su talento mágico fueron fusilados al pie de los olivos de su querida Granada.

La herencia árabe y musulmana en Granada

Si hay una ciudad de la España peninsular en la que la herencia árabe y musulmana pervive en cada esquina, esa es Granada. Su máximo exponente lo encontrarás en la Alhambra, pero si recorres la antigua capital nazarí verás muestras de este pasado en sus barrios, sus gentes y, cómo no, su gastronomía.

El Albaicín es uno de los barrios más emblemáticos de la Granada musulmana. Su mayor esplendor lo vivió en la época nazarí y lo encontrarás al este de la ciudad. En su interior verás numerosos cármenes, las típicas construcciones con una vivienda y un patio o jardín.

La canalización del agua a través de aljibes era una característica que aún se puede ver en el barrio, aunque ya no se utilizan. El Albaicín está catalogado como Patrimonio Mundial por la Unesco porque se considera una extensión del conjunto monumental de la Alhambra y el Generalife.

Delicias de la gastronomía árabe

Precisamente desde el Albaicín tendrás unas vistas perfectas de la Alhambra y encontrarás lugares donde probar algunos de los platos típicos de esa herencia árabe. Una buena forma de descubrir la ciudad es tapeando por sus bares, pero la gastronomía local te ofrece especialidades que debes degustar con calma. El guiso de cordero, las gachas pimentonas o el choto frito son algunas de las exquisiteces que se han conservado a lo largo de los siglos.

La herencia musulmana en Granada

La cocina árabe es muy rica en especias y en sabores muy sazonados, pero también cuenta con una repostería que hará las delicias de los más golosos. De todas formas, no debes perder la ocasión de probar otros platos que no son árabes y que también son muy típicos, como la tortilla del Sacromonte.

Por último, si recorres los barrios de Granada capital o los pueblos de la provincia, verás que los topónimos mantienen ese legado árabe. Una riqueza cultural que se puede admirar, y probar.

Historia de Granada

Granada es, probablemente, una de las ciudades españolas que más presente tiene el gran peso de su historia. Los restos más antiguos que se han excavado en la ciudad datan del siglo VII a.C. En ese momento Granada no era más que un poblado en la margen derecha del río Darro.

Los orígenes de Granada

Tanto los cartagineses como los romanos hicieron suya la ciudad andaluza, aunque fueron los árabes quienes la hicieron grande con la construcción de La Alhambra. Si bien durante los años del califato de Córdoba, Granada era prácticamente un solar abandonado, con la llegada de los Reinos de Taifas, la ciudad del Genil vería llegar sus días de gloria. La zona que primero se ocupó con el renacer de la ciudad fue el barrio que hoy conocemos como Albaicín y es, por tanto, la parte con más historia de la ciudad. Más tarde, la creciente importancia que fue adquiriendo Granada hizo que su población fuera creciendo hasta llegar a lo que es hoy la ciudad.

Granada fue el último reducto árabe que permaneció imbatible en la península. Muchos fueron los reyes cristianos que quisieron hacerse con ella, pero, no fue hasta los tiempos de Isabel la Católica que la ciudad pasó, de nuevo, a manos cristianas. La reconquista de Granada fue la gran obsesión de la monarca que, en 1942, vio cumplidos sus anhelos. Tanto supuso para ella esta victoria que ordenó ser enterrada en aquel lugar que tantos quebraderos de cabeza le había dado. Así, hoy se puede visitar la tumba de los Reyes Católicos en la catedral, así como las de su hija Juana y su marido Felipe el Hermoso.

En la actualidad, Granada sigue conservando los vestigios de toda su historia. Con numerosos monumentos de gran importancia histórica y artística, Granada es, además, una importante ciudad universitaria. La cultura y el conocimiento se respiran en cada rincón.

La vida de Mariana de Pineda

Nacida en Granada en 1804 en el seno de una familia noble, Mariana Pineda perdió a sus padres a los 15 meses y, consecuentemente, su custodia pasó a su tío José Pineda. Su relación con el liberalismo de la ciudad de la Alhambra nace cuando contrae matrimonio, a los 15 años, con Manuel de Peralta, un liberal cercano a las ideas constitucionalistas. Pese al fallecimiento de su esposo, Mariana siguió frecuentando los ambientes liberales.

A Pineda se le reconoce la implicación en dos complots constitucionalistas: uno en 1826, cuando apoyó a la alianza entre los liberales de Granada y los exiliados de Gibraltar; y el otro en 1828, cuando planificó con éxito la fuga de su primo Fernández Álvarez de Sotomayor, que había sido sentenciado a muerte.

En el primero fue detenida por orden del alcalde de la ciudad, Ramón de Pedrosa, se le juzgó y, finalmente, fue liberada gracias a argumentar que desconocía el interior de las cartas que recibía en su casa.

En el segundo, fue detenida por haber ordenado bordar una bandera morada con la inscripción: “Ley, Libertad, Igualdad”. Como no quiso descubrir a sus cómplices fue retenida en un convento hasta que se celebró el juicio y, posteriormente, condenada a muerte: murió el 26 de mayo de 1831 en el Campo del Triunfo.

Poco tiempo pasó desde su ejecución para que su figura se convirtiera en heroína y formara parte de la leyenda popular de la Granada. Entre 1920 y 1930 recibió mayor protagonismo su figura, ya que llamó la atención del entonces Ministro de Justicia, Fernando de los Ríos. Este supo despertar en su amigo Federico García Lorca el interés por la figura de Pineda, olvidada hasta el momento. Así, el poeta escribió el drama “Mariana Pineda”, estrenado en Barcelona con decorados de Salvador Dalí.

Sin duda, un personaje emblemático en la rica historia de la vieja ciudad nazarí.

La Granada de los Reyes Católicos

La misma ciudad que provocó una crisis matrimonial y de Estado acabo siendo la que encerró en un mismo ataúd a dos corazones que llegaron a amarse sin haber elegido casarse. Porque si hay una ciudad que provocó tanta pasión como quebraderos de cabeza a dos reyes, dos cómplices, dos estrategas, dos grandes, esa es Granada. Porque si hay dos personajes históricos a los que Granada les deba agradecer o reprochar lo que ha sido y es, esos son los Reyes Católicos.

Isabel de Castilla y Fernando de Aragón están tan estrechamente ligados al ADN de Granada, que conocer y explorar la ciudad a través de la huella que los monarcas dejaron en su historia es, sin duda, una de las maneras más novelescas y sorprendentes para el visitante.

Como así fue la vida de una reina de cabellos trenzados, que odiaba el ajo casi tanto como a todos las mujeres que se acercaban a su esposo, y que pese a su fundamentalismo religioso supo siempre anteponer los asuntos del reino a los de su fe. Como así fue la vida de un rey que “no tenía amigos ni familiares, sólo súbditos”, cuya capacidad de estrategia militar le condujo hacia un nuevo concepto de guerra, más moderna, menos medieval, más de acorde a la otra mitad del éxito: su mujer, el alma de la empresa, la reina de carácter pertinaz, como la sequía, pero amable con el arte, la arquitectura y las letras.  

La tenacidad de ambos les llevó hasta el sur, en busca de nuevos territorios, cuando “ya estaba todo hecho en Castilla”, emprendiendo así una contienda bélica que contó con tantos fieles como enemigos y que supuso un punto de inflexión en el desarrollo histórico de un reino que quisieron ampliar y unificar con el cristianismo como denominador común.

Y hasta el sur llegaron. A Granada. Y se enamoraron de la Alhambra, de sus palacios nazaríes. Y tal fue la admiración y el amor que les provocó la ciudad que decidieron ser enterrados en ella. Y trataron de cristianizarla construyendo una imponente catedral e iglesias en cada rincón, pero sin permitir que la Alhambra, donde protagonizaron importantes escenas de la reconquista, perdiera su esencia nazarí.

Son muchos los puntos de la ciudad que invitan a disfrutar de su vinculación con la figura de los Reyes Católicos. De hecho, el Ayuntamiento de Granada, en colaboración con la Asociación Provincial de Guías e Intérpretes del Patrimonio y la empresa Cicerone, ofrece tres rutas monumentales en la que conocer espacios tan emblemáticos para la reina y la historia de España como la Iglesia de Santo Domingo, el convento de las Comendadoras de Santiago, el antiguo convento de los Franciscanos y la Capilla Real.

Y  para quienes deseen adentrarse un poco más en lo que ha supuesto Granada para los Reyes Católicos, es inevitable la visita al municipio de Santa Fe, donde los monarcas firmaron las capitulaciones que dieron el sí a Cristóbal Colón para que emprendiese un descubrimiento que todos tacharon de locura y los reyes de oportunidad.

Diego Hurtado de Mendoza, el político que ejerció de poeta

Buen soldado, mejor político, poeta de vocación, brillante historiador. Es Diego Hurtado de Mendoza (Granada, 1503), el diplomático que pudo haber escrito el ‘Lazarillo de Tormes’. O no. Que pudo haber evitado el declive del Reino de Granada. O no. Pero que consiguió que las armas y las letras bailaran juntas al ritmo de redondillas, arrancando elogios al mismo Lope de Vega, logrando a estrofas idéntica hermosura a la del hogar que primero le vio jugar a ser niño: la Alhambra.

Allí vivió junto a su padre, el Gran Tendilla, Capitán General del Reino de Granada, y quien le inculcó la tradición de los Mendoza: que la batalla no estuviese reñida con el arte. De ahí que Diego recibiera una educación esmerada, a cargo de los mejores preceptores europeos, con quienes aprendió a hablar una docena de lenguas y a vivir entre dos mundos: el entorno morisco y el espíritu cultivado y renacentista del siglo XVI.

Diego Hurtado de Mendoza. Imagen: wikipedia

Diego Hurtado de Mendoza es otro de los grandes personajes de la historia de Granada que invita a conocer la ciudad de la Alhambra a través de sus ojos. Porque este aristócrata militar y humanista,  embajador de España en Venecia y Roma, miembro de la primera hornada de poetas italianistas españoles, fue, además, testigo excepcional de un conflicto que supuso la destrucción de una etapa brillante de Granada: la rebelión de los moriscos, que primero intento sofocar al frente del ejército, y que luego narró en su particular visión de la Guerra de las Alpujarras. Allí, en esos pueblos que tan bien recrea el Albaicín, nació una sublevación que puso en jaque al rey Felipe II y que marcó los últimos años de vida de Diego.

Pero antes de que una pierna gangrenada le matara los versos en 1575, el que quizás pudo ser el autor de la primera novela moderna española, ‘El Lazarillo de Tormes’ (y cuya autoría le atribuyen leyendas, anécdotas y legajos), dejó una herencia vital y literaria repleta de pasiones. De talante rotundo y penetrante, negoció bodas reales para Enrique VIII de Inglaterra, representó a Carlos I en el Concilio de Trento, tardó 30 años en demostrar su inocencia en irregularidades financieras como gobernador de Siena, fue desterrado a Medina del Campo tras llegar a las manos con un caballero en Bruselas y mantuvo conversaciones piadosas con su amiga Santa Teresa de Jesús.

Pero a pesar de sus idas y venidas por media Europa, y como cantaría Miguel Ríos tres siglos después… Diego siempre volvía a Granada, a su ciudad, a la Alhambra que probablemente le inspiró para escribir poemas, para cultivar la sátira maliciosa y picante, con la que introduciría, junto a Garcilaso de la Vega y Juan Boscán, nuevos temas, metros y estrofas de la lírica italiana. En la Corte de Granada vivió hasta un año antes de su muerte. Y aquí amó, leyó y se nutrió de una riquísima biblioteca que legó a Felipe II y que fue a parar el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Eugenia de Montijo, de Granada a París vía matrimonio.

“     – ¿Por dónde se va a su dormitorio?

-        Por la Iglesia      ”

 

Así frenó una joven granadina las ansias carnales de un emperador de Francia: Luis Napoleón Bonaparte, que convirtió a María Eugenia de Montijo (1826-1920), una aristócrata de pelo moreno y sonrisa perpetua, en la emperatriz del país galo y, de paso, en una de las mujeres que han escrito la historia de Granada y de Europa.

Porque hay  muchas formas de visitar Granada. Y descubrirla a través de los ojos de personajes históricos es una de ellas. Un paseo por el bulevar de la Avenida de la Constitución invita a conocer, fotografiar e incluso sentarse junto a muchos de esos hombres y mujeres que han marcado en rojo el calendario de la ciudad. Momentos de la historia de Granada que la convierten, más allá de la Alhambra, en un destino cultural apasionante.

Y apasionante fue la vida de María Eugenia de Montijo, de quien también cuenta la leyenda que una gitana del Sacromente le dijo: “Algún día será más que una reina”. No le faltó razón. Su  matrimonio con Luis Napoléon Bonaparte tras dos años de intensas relaciones, la convirtió en emperatriz de Francia, además de en la ‘emperatriz de la moda’: sobrenombre que le adjudicaron por su afición a las joyas, vestidos, zapatos y demás complementos exuberantes en los que se gastaba importantes sumas de dinero.

La aristócrata, cuya moral ultra conservadora y católica le hizo tener importantes contactos en Roma, no tuvo reparo en enamorar a Luis Napoleón, cuyas infidelidades con mujeres exuberantes y notorias fueron sonadas tras su primer matrimonio. Pero el emperador tuvo un flechazo y ella supo reconducir esa atracción en un matrimonio, pese a que no llevaba sangre real que le emparentase directamente con las dinastías europeas y pese a que él tuvo que rendir cuentas ante el Senado francés para seguir adelante con esta relación.

Sin embargo, ser Condesa de Teba y Baronesa de Quinto le fueron títulos más que suficientes para coronarse como emperatriz de Francia y seguir el ejemplo de su hermana mayor: la verdadera Condesa de Montijo, que tampoco matrimonió nada mal al convertirse en la esposa del Duque de Alba.

Pero la vida de María Eugenia no sólo destacó por su afición a los lujos, ya inculcados en el seno de una buena familia. También participó activamente en la política de su tiempo, convirtiéndose hasta en tres ocasiones en Regente de Francia.

De carácter fuerte o engreído, según las versiones más críticas, ejerció una gran influencia sobre Napoleón III, con quien tuvo un hijo, el llamado ‘príncipe imperial’, que falleció en un conflicto contra los zulúes tras desobedecer órdenes militares de sus superiores, según narra la historia.

Esa tendencia hacia la insubordinación bien podría haberla heredado de su madre, que destacó por sus decisiones enérgicas, como la de celebrar la inauguración del nuevo Canal de Suez en 1869 con una representación de Aída de Verdi a orillas de Nilo; pero también pasó a la historia por sus meteduras de pata, como apoyar la desafortunada expedición que intentó situar a Maximiliano de Austria en el trono de México y que condujo a su marido a la guerra contra Prusia en 1869. Un conflicto que le costó la pérdida de Alsacia y Lorena a Francia y el encarcelamiento del emperador.

María Eugenia de Montijo tuvo que huir precipitadamente a Inglaterra, donde fijo su residencia y vivió viuda y sola hasta que en uno de sus frecuentes viajes a España falleció en Madrid a la longeva edad de 94 años.